Tabla de contenidos
Una sesión de preboda es sobre todo práctica. Vosotros averiguáis cómo funcionáis delante de una cámara y el fotógrafo averigua quiénes sois, y las dos cosas se cobran el día de la boda, cuando el reportaje de pareja tiene tres cuartos de hora escasos y ninguna segunda oportunidad. Antes de pedir presupuesto, releed el que ya tenéis firmado: aquí la preboda va dentro del paquete muchas más veces de lo que la gente supone.
Las fotos de una preboda siguen trabajando mucho después de la sesión: en el libro de firmas, en la invitación, en la cartelería del día y en vuestra web de boda. Esa es la parte visible, y es el motivo por el que casi todas las parejas se plantean hacerla.
La parte invisible vale más. Una pareja que ya ha pasado dos horas delante de una cámara no necesita calentamiento el día de la boda, y el fotógrafo no está adivinando qué funciona. Aquí van las dos mitades: qué os resuelve la sesión y cómo montarla para que de verdad lo resuelva.
Qué resuelve de verdad la sesión
Dejarse fotografiar es una destreza, y casi nadie la tiene. El día de la boda el reportaje de pareja cae en una franja estrecha, casi siempre en mitad del cóctel, con cien invitados a cincuenta metros esperando y con la sensación bastante fundada de que esas son las fotos que van a quedar. Es el peor momento imaginable para descubrir por primera vez qué hacer con las manos.
Una preboda saca ese trabajo del día. Sin público y sin reloj. Pasados los primeros minutos casi todas las parejas hacen lo mismo: bajan los hombros, la risa se vuelve de verdad y la cámara deja de ser un objeto al que hay que reaccionar. Ese calentamiento es la parte más cara del reportaje de pareja del propio día, y quien ya lo ha hecho una vez empieza la segunda sesión donde terminó la primera.
La otra mitad se cuenta menos: el fotógrafo os aprende. Quién lleva y quién espera. A quién le tensa la palabra relájate y quién necesita una tarea para parecer natural. De qué lado se pone cada uno cuando nadie os coloca. Si las gafas reflejan, cuánta diferencia de altura hay, qué os hace reír de verdad y qué solo por educación. Nada de eso está en un correo pidiendo presupuesto, y todo junto decide si el día de la boda alguien os está fotografiando a vosotros o está fotografiando a una pareja.
Hay un tercer efecto, poco romántico y difícil de sustituir: descubrís cómo es trabajar con esta persona cuando todavía podéis cambiar de idea. Si el trato no encaja, eso es una tarde incómoda unos meses antes de la boda en lugar de un día incómodo en mitad de ella.
Y una diferencia con cómo se cuenta esto fuera de aquí: en España la preboda no suele ser una decisión de compra. Muchos reportajes la llevan dentro y otros la ofrecen como el añadido más fácil de conseguir cuando se negocia el alcance del paquete. Si está incluida y no la usáis, estáis renunciando a algo que ya habéis pagado.
El día de la boda todo tiene que salir a la primera. La preboda es el único sitio donde se puede aprender sin prisa.
Cómo transcurre y qué cuesta
La sesión empieza antes de la sesión. La conversación previa cubre dos cosas: dónde se hacen las fotos y para qué las necesitáis. La segunda suena accesoria y no lo es. Una imagen que después va a llevar encima dos nombres y una fecha necesita una zona tranquila dentro del encuadre, y eso se hace fotografiando o no se hace.
Sobre el terreno lo habitual aquí son dos o tres horas, muchas veces con un cambio de escenario. El principio es igual para todo el mundo, es decir, incómodo. Quien tiene oficio cuenta con ello y empieza por lo más fácil: andar, hablar, quedarse quieto. Se posa poquísimo. Lo que se dan son instrucciones que disparan una acción y no una postura: bajad por el camino y hablad de lo que sea, paraos y miraos, contaos cómo vivió cada uno la pedida. Lo que se fotografía es la reacción, no la instrucción.
Después viene la parte larga. La selección y la edición son del fotógrafo, y lo que recibís es una entrega editada y no todo lo disparado. Más fotos no es mejor resultado, solo más trabajo de clasificación para vosotros.
Tres puntos merecen quedar cerrados antes de reservar, porque sorprendentemente pocas veces vienen solos en el presupuesto:
- Cuántas y a qué resolución. Cuántas fotos editadas recibís y si llegan a resolución completa. En cuanto algo se vaya a imprimir, esa es la línea que importa.
- Qué podéis hacer con ellas. En España los derechos de autor son del fotógrafo por ley y lo que compráis es una licencia de uso, así que lo que hay que leer es el alcance de esa licencia: imprimir una copia para vosotros no es lo mismo que encargar cien invitaciones en una imprenta, y esa diferencia se resuelve en el contrato y no por teléfono después. En el sentido contrario ocurre igual: para publicar vuestras fotos en su web o en redes, el fotógrafo necesita vuestro consentimiento expreso, y ese consentimiento se puede acotar.
- La fecha por lluvia. Quién decide, hasta cuándo y dónde cae la fecha alternativa. Sin ese acuerdo, un día de agua os deja eligiendo entre una sesión pasada por casa y un anticipo perdido.
Una pregunta acorta toda la conversación: ¿qué necesitáis de nosotros para que esto salga bien? Las respuestas vuelven más concretas de lo que esperáis y os ahorran una ronda de correos.
El precio es justo el punto donde copiar la cifra de otro país no sirve de nada. En España la preboda va muchas veces incluida en el reportaje, y cuando no lo está se mueve entre 250 y 500 €; sumada a un paquete que ya vais a contratar suele salir claramente por debajo de esa horquilla. Así que el primer paso no es pedir presupuesto, es releer el que ya tenéis: una sesión incluida y una sesión aparte son dos decisiones completamente distintas.
El sitio pesa más que el paisaje
Dos criterios deciden, y la belleza no es ninguno de los dos. Primero, tenéis que poder olvidaros de vosotros mismos ahí; una pareja que se siente observada sale exactamente así en todos los fotogramas. Segundo, el sitio debería significar algo para vosotros. El barrio en el que vivís, la playa a la que ibais, el bar donde quedasteis la primera vez, el camino del domingo: sitios así ponen la conversación sobre la que se sostiene una sesión.
Cuánta gente hay decide con más fiabilidad que qué aspecto tiene. Un mirador famoso un domingo por la tarde es de todos los demás durante esas horas; el mismo mirador un martes al atardecer es vuestro. Cuando podáis elegir, quedaos con el sitio corriente a una hora tranquila antes que con el espectacular a una hora concurrida.
Hay sitios que piden permiso, y aquí eso no es una formalidad. Los parques de las ciudades grandes exigen autorización para una sesión fotográfica profesional, y los plazos se cuentan en semanas y no en días: en Madrid, ocupar una zona de parques y jardines se tramita por el Ayuntamiento, con quince días hábiles de plazo y permisos aparte en algunos distritos y en las zonas de patrimonio; en Barcelona los parques van por Parcs i Jardins, el Jardí Botànic depende de otro organismo y las playas y los rompeolas tienen su propia solicitud. Los conjuntos monumentales, los jardines botánicos, las bodegas y las fincas privadas ponen sus propias condiciones y cobran con frecuencia. En los espacios naturales protegidos hay que ir por los caminos. Y el dron no arregla nada: está restringido en zona urbana y en buena parte del territorio, con normas propias que no se saltan por ser una boda.
Acordad quién pregunta. Muchos fotógrafos conocen las reglas de su zona, pero nadie se siente responsable de la pregunta por defecto, y es muchísimo más fácil hacerla en la primera semana que en la última.
Sobre la temporada hay una regla que va contra el instinto: el pleno verano es lo más difícil del año, y en el interior y en el sur eso no es cuestión de gusto sino de temperatura. Luz dura, calor y sitios llenos. La primavera y el otoño son mucho más fáciles; el invierno es bonito y corto. En todas las estaciones la ventana aprovechable está en el mismo sitio, la última hora antes de la puesta de sol, así que montad la cita alrededor de esa hora y no alrededor de vuestra agenda. En la Península eso son cerca de las nueve y media de la tarde en junio, en torno a las siete y media a principios de octubre y alrededor de las seis a finales de diciembre, con Canarias una hora por detrás. Es una diferencia mucho mayor de lo que la gente calcula, y es la que decide en silencio qué tardes de la semana son siquiera posibles.
Un detalle práctico que solo aparece sobre el terreno: al sitio hay que poder llegar con lo que lleváis puesto. Quince minutos de camino de tierra cambian cómo llegáis, y las primeras fotos son, inevitablemente, las del principio.
Artículos relacionados
La ropa: coordinar, no ir iguales
La ropa decide más sobre las fotos que cualquier postura, y hay un motivo técnico detrás: el color rebota. Una prenda roja intensa o de un color flúor deja su propio tono sobre la piel y la cara, también sobre la de vuestra pareja en cuanto os ponéis cerca. El negro hace lo contrario y se traga la textura, que con la luz suave del atardecer se lee enseguida como algo duro.
Lo que funciona es coordinar sin ir iguales. Dos prendas de la misma familia de color, distintas en tono y en material, dan una imagen tranquila. Un conjunto a juego da un disfraz. Los lemas, los logos grandes y los estampados fuertes fallan por una razón simple: al tamaño de una tarjeta no sobrevive de ellos más que una textura, y en dos años fechan la foto con más precisión que cualquier fecha impresa.
Poneos ropa que ya hayáis llevado. Una camisa nueva cae distinta la primera vez, los zapatos nuevos cambian la manera de andar, y las dos cosas se ven. Un segundo look solo compensa si hay dónde cambiarse; si no, el cambio cuesta exactamente el rato en el que acabáis de soltaros.
Dos detalles se pasan por alto con una regularidad notable. Si el anillo va a salir en la foto, entonces salen las manos, con todo lo que eso implica. Y quien lleve gafas que lo diga antes: los reflejos se evitan mientras se fotografía, y después solo a base de trabajo.
El vestido y el traje de boda no pintan nada en esta sesión, y el argumento no tiene aquí nada que ver con la superstición. Tiene que ver con que esa sesión ya existe y tiene nombre propio: la postboda. Poneros el vestido en la preboda no produce fotos nuevas, produce una postboda con prisa y unos meses antes de tiempo, y de paso gasta por adelantado las imágenes del propio día de la boda. Dejad cada sesión con su ropa y acabaréis con tres conjuntos de fotos distintos en lugar de dos parecidos.
Para qué vais a usar las fotos
Cuando la sesión termina, las imágenes tienen destinos bastante fijos, y cada uno pide algo distinto del encuadre.
- El libro de firmas. Es el uso más extendido aquí y el que más fotos consume: un álbum con las imágenes de la preboda y huecos repartidos para que los invitados escriban. Necesita cantidad y necesita variedad, vertical y horizontal, no diez versiones del mismo plano.
- La invitación. Se lee, no se mira. Una foto queda mejor en el reverso o en el interior que al lado de los datos que tienen que estar bien.
- El save the date. Lleva poca información y mucho espacio libre, así que una sola imagen sostiene la tarjeta entera. No hace falta en todas las bodas —se gana su sitio cuando hay invitados que viajan—, pero si lo lleváis con foto, la sesión se adelanta muchísimo.
- La cartelería del día y el photocall. Una preboda impresa a tamaño grande a la entrada del salón funciona muy bien y es el uso que exige resolución completa: lo que se ve bien en un móvil se rompe en un metro de ancho.
- La web de boda. Pide el encuadre más ancho de los cinco, porque una cabecera de página se extiende a lo largo mientras que un motivo de tarjeta se sostiene en vertical. Decidlo antes y las dos salen de la misma sesión.
De ahí sale un orden al que muchas parejas llegan tarde. Lo normal en España es hacer la preboda de dos a cuatro meses antes de la boda, y para una sesión cuyas fotos son solo vuestras eso está bien. En cuanto una imagen entra en la papelería, la fecha deja de decidirse por gusto y se cuenta hacia atrás desde la primera tirada de imprenta: sale la papelería, antes se maqueta y se imprime, antes elegís vosotros, antes edita el fotógrafo, antes se hace la sesión. Y si lo que lleva foto es el save the date, que se envía de seis a ocho meses antes y de nueve a doce si la boda es fuera, la sesión se os va a nueve o doce meses de la fecha, que suele ser antes de haber pensado siquiera en reservarla. Recorred esa cadena una vez del revés y aterrizáis con regularidad en un mes anterior al que teníais en la cabeza, y en una estación que no habríais elegido.
Decid además qué formatos necesitáis. Una foto con una zona tranquila arriba a la izquierda es un encuadre distinto del mismo motivo llenando el cuadro, y esa zona se crea en la composición y no después. Guardad las imágenes terminadas en el mismo sitio que una web de boda propia y las tenéis a mano el día que se esté maquetando la papelería.
El efecto secundario es el que casi nadie planifica y el que más tiempo se ve: un único conjunto de imágenes le da la misma letra a todo lo que viene después. El save the date, la web, la invitación, el libro de firmas y más adelante las tarjetas de agradecimiento parecen de la misma familia sin que nadie haya necesitado un concepto de diseño.
Una preboda rinde por dos sitios: en fotos que de todas formas vais a necesitar y en el calentamiento que así no tiene que ocurrir el día de la boda. Antes de pedir ningún presupuesto, releed el que ya tenéis firmado, porque aquí la sesión viene dentro muchas más veces de las que la gente supone. Y si alguna de esas fotos va a acabar impresa, contad hacia atrás desde el día en que sale la papelería: esa sola cuenta os fija de golpe la temporada, el sitio y la ropa.
¿Planificas la boda de tus sueños?
Crea tu propio sitio web de boda en minutos – con RSVP, galería de fotos y más.